miércoles, 3 de septiembre de 2014

Mi guitarra, la mejor del mundo.


     Siempre me pareció la más bonita y la más auténtica. Hoy puedo decir que mi guitarra siempre ha sido, sin ninguna duda, la mejor.

     Recuerdo con todo detalle el día que mis padres me la compraron. Fue en 1999. Ellos no entendían por qué yo insistía tanto en tener una y creían que era otro capricho de una niña pequeña. Durante un año entero les imploré y les supliqué que quería una guitarra, algo que para mí ha sido casi imposible hasta hace bien poquito. También he de decir que fue el único año que tuve un comportamiento ejemplar.

     Después de todos mis esfuerzos por conseguirla, mis adorables padres a los que aún hoy sigo haciendo la pelota, me llevaron a la ciudad para que yo pudiera elegir mi favorita en una tienda de música. Fue un flechazo a primera vista. Recuerdo con todo detalle lo que sentí cuando el dependiente la descolgó y la puso entre mis manos. Él se percató que yo no sabía cogerla así que, con mucha paciencia y con ayuda de mis padres, fue explicándome cada una de sus partes y la forma adecuada de tenerla entre mis brazos. Ese fue sin duda uno de los momentos más grandes de mi vida porque pude tocar por primera vez las cuerdas de una guitarra y sentir un escalofrío con su vibración. Era y es la guitarra clásica más simple pero a la vez más elegante del mundo.

     A pesar de la situación financiera de mis padres, ellos siempre hicieron todo lo posible para que yo pudiera ser féliz y lo más importante, tener lo que los demás. Si no hubiera sido por ellos, esto jamás hubiera sucedido y es por lo que les debo agradecer todo lo que hicieron por mí.

     Han pasado muchos años y esta guitarra, símbolo del amor de mis padres, y yo nunca nos hemos separado. He tocado todos los días de mi vida sus cuerdas, he compuesto melodías y he interpretado, por tablaturas, las de otros. Ha estado conmigo siempre, en los buenos y en los malos momentos. Ambas tenemos cicatrices de las mismas guerras como, por ejemplo, aquel día que corría con ella, después de robar las pipas a una quiosquera, y caímos rodando por las escaleras de un parque.

     Como toda historia de amor que se precie siempre hay un antes y un después en el romance. Algo que hace que uno de los dos se reenamore del otro y viceversa. Por esta razón puedo decir que hoy mi guitarra me ha vuelto a enamorar después de tantos años juntas. Hoy por primera vez y gracias a los avances científicos he podido oír el sonido de sus cuerdas.



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